2/2/17

Teclas

Mis manos teclean con rápidez sobre el viejo teclado del portátil, a quien no parece quedarle ya mucha vida por delante, tratando de no olvidar todo aquellas palabras que se arremolinan en mi cabeza. A veces creo que nuestra mente es como un cuadro de Van Gogh: retorcida, rápida y curva. Tenemos tantos pensamientos ahí metidos que hay que agarrarlos con fuerza para que no escapen, para que no se esfumen porque, si eso ocurre, sabemos que una vez que se van no vuelven. 

Al rápido tecleo le acompaña una banda sonora que es igual de ágil, convirtiendo el movimiento de los dedos en un baile en el que parece que los participantes se pelean por ser los primeros en llegar a esa letra que buscan con intuicición. No saben a dónde van, pero se mueven. A veces dudan, como si no supieran muy bien qué están haciendo. Quizás es porque, precisamente, no lo saben. Antaño solían deslizarse sobre las teclas de un piano, siguiendo la pista a un metrónomo furioso que no dejaba de sonar. 

Tic. Tac. Tic. Tac.

Pero dejaron de hacerlo. Y pasó un día. Sin más. 

Miro la pantalla, observo las letras escritas y dudo en si seguir o borrar. Quiero decir muchas cosas, demasiadas, pero nunca sé cómo. Mientras miro a la pared, dejo a mi mente volar y trato de recordar ciertos momentos vividos a lo largo de mi corta existencia. No puedo evitar sonreír al acordarme de aquel día bajo la lluvia en el que tuve la tentación de ponerme a bailar debajo de ella, agarrándome a las farolas como si hubiera salido de una película de Gene Kelly. En mi mente lo hacía pero, en la realidad, permanecía en aquella entrada de ese edificio tan alto del centro, esperando a que amainase la tormenta. 

Supongo que siempre he sido un poco cobarde. Aquel día escapaba de un resfriado pero, otras veces, escapo de la decepción. Mis manos siguen tecleando rápidas, como si alguien las persiguiera. Parecen la liebre, que siempre quiere llegar a tiempo por si le cortan la cabeza. Mi mente sigue siendo un remolino que gira a toda velocidad, absorviendo todos los recuerdos... y las palabras que nunca dije. 

Ah, las palabras nunca dichas. Ese universo tan amplio lleno de perdones y te quieros que tanto nos cuesta decir a todos. Lleno de esas melodías que no cantamos en medio de la calle por vergüenza o de aquellas palabras que quedaron silenciadas por temor. Lleno de magia, vida y muerte. Es el universo fruto  de los "y si..." que tanto daño nos hacen. Ojalá dejáramos los "y si..." aun lado y simplemente nos atreviéramos.

Los dedos siguen bailando claqué, aunque van perdiendo velocidad. Murmuran letras que acaban formando historias. Escriben sobre el viento, la lluvia y la tormenta, sobre nuestros miedos y nuestros deseos, sobre nuestras esperanzas puestas en ficción. Escriben vidas que nunca existieron o que sí que lo hicieron.

Clic. Clac. Clic. Clac.

Las teclas resuenan en la habitación, advirtiendo a la gente que hay a su alrededor que ella está ahí, creando magia a través de sus dedos con palabras. Ella está ahí, sentada, dejando que su corazón maneje los dedos a su antojo. La imaginación vuela y ella se pierde en ella. Quiero ser escritora, susurró una vez. Y parece que fue suficiente, pues su mano derecha se puso en marcha en cuanto ella tuvo un bolígrafo y un papel.

Los dedos teclean. Cansados. La noche llega. El mundo se calla. Pero ellos siguen haciendo ruido.

PD: no sé qué he escrito, solo lo he hecho.


2 comentarios:

  1. No hay cobardía en las palabras hermosas. Por favor, aunque sigas sin saber qué has escrito, vuelve a hacerlo, sea lo que sea. Precioso, Lo.

    Un frío beso,

    Em

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  2. Precioso, Lore. Echaba de menos tus historias.

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