26/3/17

Te veo.

Estás ahí, entre la multitud que espera ansiosa a que las guitarras comiencen a sonar, dando por iniciado el concierto del sábado. Te observo desde la lejanía, intentando volver a respirar porque, como cada vez que te tengo delante, siento que pierdo la respiración. Te revuelves el pelo, con delicadeza, y das un trago a la cerveza que tienes en la mano. No sabía si venir y, en el último minuto, decidí hacerlo porque quería verte. La gente pasa a mi lado, van y vienen de la barra del bar con sus botellas de cristal en la mano y con sonrisas llenas de disculpas cada vez que chocan contra mí por no mirar por donde van.

Estás ahí, cerca, pero soy incapaz de avanzar. Hablas con un chico que hay a tu lado y cómo desearía ser yo la persona que te hace reír y con la que compartes una mirada cómplice. No sé qué hacer. Quiero acercarme, tocarte el brazo y decirte que al final he venido, pero no quiero interrumpir la conversación. Siempre ocurre lo mismo. Me paralizo cada vez que creo que voy a molestar a alguien. Me boicoteo a mí misma. Tú siempre repites que a ti jamás te molesto pero una pequeña voz en mi cabeza te contradice y ¡es tan difícil callar a las inseguridades! El miedo siempre me impide hacer lo que realmente quiero.

Si no existiera el miedo, me acercaría a ti en este preciso instante y te saludaría con una sonrisa, te daría un beso en la mejilla y me quedaría a tu lado mientras la música llena el pequeño espacio en el que nos encontramos. Te diría que he venido porque no soportaba no verte y que no te he avisado porque quería sorprenderte. Te contaría esa idea loca que se me ha ocurrido por el camino y que sé que te encantaría oírla. Te diría que te he echado de menos.

Pero el miedo existe y me paraliza. Hace que me quede ahí quieta, mirando la multitud con el corazón yéndome a mil por hora y con la cabeza llena de dudas. Estás tan cerca pero tan lejos. Nunca había entendido esa frase hasta este momento. Te miro por última vez y me voy.

Me alejo de ese lugar. Voy a casa, me pongo mi pijama favorito y me pongo una película que hacía tiempo que estaba deseando ver. Cuando miro mi teléfono me encuentro con un mensaje tuyo en el que me preguntas si al final voy a ir. Miento. Te digo que me encontraba mal y me tapo con el edredón, dispuesta a olvidar mi torpe intento de verte.

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