18/5/17

La cafetería

Aquel sitio olía a rancio y humedad, siendo tan desagradable su aroma que me provocaba náuseas. Antaño, el establecimiento había sido una cafetería —por los adornos llenos de polvo y telarañas que se conservaban se podría decir que una bastante bonita—, pero ahora era un amasijo de muebles rotos, cristales, cerámica y bombillas apagadas o explotadas. 

No sé cómo acabé ahí metida. Creo que fue por uno de esos "¿a que no te atreves a...?" y por la media botella de vodka que me había bebido a lo largo de la noche. El efecto del alcohol y la posibilidad de quedar como una cobarde me hicieron prometer que iría a aquel lugar al día siguiente.
Siempre cumplo mis promesas. 

Ninguno había entrado antes y lo único que sabíamos era que llevababa cincuena años cerrado. Mis amigos comentaron, entre risas nerviosas, que algo horrible había pasado ahí. Yo sabía que se lo estaban inventando para meterme miedo o, al menos, deseaba que así fuera pero, por si lo decían en serio, obligué a una de mis amigas —Myrtha, la persona más valiente que había conocido en mi vida— a que entrara conmigo. 

Ella fue la primera en entrar, con una linterna en una mano, un bate de béisbol en la otra y una mascarilla tapándole la nariz y la boca. Yo tardé unos minutos, pues la valentía nunca ha sido lo mío, y cuando me atreví a entrar aquel olor tan desagradable me golpeó...

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