17/5/17

Trafalgar Square

Hay un lugar en Londres que está bajo la protección de un manco —culpa de la guerra y de aquello que voló su mano— y de leones de bronce, con una gran escalera y un museo, donde puedes refugiarte en uno de esos días en los que quieres estar sola pero acompañada de cientos de obras de arte que, parece ser, han logrado rozar la eternidad. 

Antaño, esa plaza llamada Trafalgar —por una batalla que ya no importa— estaba llena de personas, tanto locales como turistas, que disfrutaban con emoción de ese lugar que encajaba perfectamente en una ciudad tan diferente, mezcla de lo nuevo y lo viejo. Seguramente, mucha gente se sentó en las grandes fuentes, esperando no mojarse, para hacerse fotos y gritar así al mundo que habían estado ahí. 

Cuántas personas habrán cruzado aquellos pasos de cebra invisibles para seguir explorando la ciudad, visitar la librería de enfrente o cenar en un pequeño local. Cuántas habrán pisado ese suelo.

Hoy ese lugar está vacío. La grandeza del lugar sigue ahí y te hace sentir tan pequeña. El silencio invade la ciudad y la plaza, tan mágica hace ya un tiempo, resulta espeluznante. Los edificios cumplen con el deseo humano de ser eternos pero ya no queda nadie para admirarlo.

Recuerdo aquel día como si hubiera sido ayer. El sistema de alarmas de la ciudad, que no sonaba desde la segunda guerra mundial, gritó avisándonos de que el final estaba llegando y teníamos que huir para ponernos a salvo. Al norte, aconsejaban en la televisión. Casi nadie dudó a la hora de irse, aunque trataron de llevarse aquellos objetos de los que no se sentían capaces de desprenderse, siendo en muchos casos un simple teléfono con un cargador para poder ver los retazos de una vida que no volvería a ser la misma.

Yo estaba en Londres con una amiga en aquel momento. Me dijo "vámonos, volvamos a casa antes de que todo empeore" pero yo me negué. Te lo había prometido. Te dije que si algo pasaba te esperaría aquí. Y tú me prometiste venir hasta aquí para buscarme. Además, ¿mejoraría en algo nuestra situación si volvíamos? Lo más seguro era que no. Así que la vi marchar y yo me apresuré a buscar un escondite para que no me echaran de la ciudad.  

¿De qué teníamos que huir? No lo sabíamos. Lo único que decían era que el mundo se acababa y que teníamos que intentar sobrevivir. A veces, pensaba que solo era una táctica para que nos matáramos entre nosotros a causa de la tensión para acabar así con la sobrepoblación. 

No suelo encontrarme con mucha gente. Pocos nos hemos quedado y los que estamos casi no nos hablamos. No queremos hacer ni el más mínimo ruido por si algún militar, que a veces ronda la zona, nos descubre y nos echa. 

El único día en el que me atrevo a salir al exterior es el miércoles. Voy a Trafalgar y observo la plaza silenciosa que solía ser muy ruidosa y me siento debajo de la columna que sostiene al manco. Con un libro en la mano y un té templado a mi lado, observo el horizonte y espero a que, un día, al fin aparezcas a lo lejos, acercándote cada vez más hasta poder tocarte con mis dedos.

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